sábado, 19 de abril de 2008

La chica que se ha puesto a bailar

Llueve y hace sol. No te duela mirar,
hay brujas que se peinan,
y lagartijas que juegan al escondite,
y prodigios flamantes que lleva en la mano
la chica que se ha puesto a bailar.

Levanta al cielo las manos y los ojos
contenta y entregada.
Salta arriba y abajo,
da una vuelta,
hace palmas
y a los cuatro vientos se abre de piernas.

Una chica se ha puesto a bailar
por el placer de gozar y reir
y porque comienza el tiempo que nos queda para amar.
Abre tu corazón y déjala entrar,
a la chica que se ha puesto a bailar.

Quizá ella es demasiado para mi pueblo viejo.
de corazón torpe, falto de palabras,
donde el Arco Iris nunca ha sido recibido así.

Levanta al cielo las manos y los ojos
contenta y entregada.
Salta arriba y abajo,
da una vuelta,
hace palmas
y a los cuatro vientos se abre de piernas.

................................................... Para Beatriz

El corazón perdido

Aquella tarde paseaba despistada y sin rumbo, cuando algo de color rojo que estaba en el suelo me llamó la atención, era un corazón, me agaché y lo recogí, estaba vivo porque latía, pensé que alguien lo habría perdido y estaría muy preocupado buscándolo, así que lo envolví en un pañuelo blanco y decidí encontrar a su dueño.

Lo primero que hice fue comprar unas gafas mágicas de esas que sirven para ver más allá de la primera impresión, para facilitarme la búsqueda. Nada más ponérmelas vi a una señora que pasaba cerca, miré su pecho y ¡no tenía corazón! ¡qué suerte! la había encontrado a la primera, pero cuando se lo ofrecí, la señora se ofendió muchísimo ¿cómo podía pensar que había perdido el corazón en medio de la calle y no darse ni cuenta?

No tuve más remedio que continuar mi camino en busca del verdadero dueño y para mi sorpresa, toda la gente con la que me crucé carecía de corazón, hombres y mujeres, más jóvenes y más mayores, todos tenían el hueco vacío en el pecho y cuando yo les ofrecía el corazón perdido todos lo rechazaban, unos no reconocían haberlo perdido, otros eran conscientes de llevar muchos años sin él y les iba muy bien, así que para qué cambiar, otros no se atrevían a aceptarlo, les parecía peligroso.

Estaba empezando a desesperar, pensando que mi misión era imposible, cuando vi a lo lejos una joven muy pálida, gracias a mis gafas comprobé con alegría que en su pecho tenía un corazón que latía y sentía con fuerza. Aún así, no sé qué impulso me llevó a ofrecerle el que yo había encontrado, y para mi sorpresa, sin vacilar, abrió su pecho y acogió el corazón perdido.

A partir de entonces la joven palideció más todavía, las emociones, los sentimientos la estremecían el doble, la alegría, la tristeza, el dolor, la amistad, la decepción, todo lo sentía con el doble de intensidad. Cada vez se encontraba más débil, intenté convencerla para que se deshiciera por lo menos de uno de los corazones, pero ella se negaba, sonreía con dulzura, con una mirada profunda y limpia, decía que merecía la pena.

Era como una vela encendida por los dos cabos, que se extinguía rápidamente. Cuando murió, lo médicos dijeron que la causa era no sé qué rara enfermedad, pero yo sé la verdad, ella tuvo el valor de acoger en su pecho el corazón perdido.
Para Raquel

lunes, 14 de abril de 2008

Los cuentos vagabundos

Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!

El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.

Ana Mª Matute