Aquella tarde paseaba despistada y sin rumbo, cuando algo de color rojo que estaba en el suelo me llamó la atención, era un corazón, me agaché y lo recogí, estaba vivo porque latía, pensé que alguien lo habría perdido y estaría muy preocupado buscándolo, así que lo envolví en un pañuelo blanco y decidí encontrar a su dueño.
Lo primero que hice fue comprar unas gafas mágicas de esas que sirven para ver más allá de la primera impresión, para facilitarme la búsqueda. Nada más ponérmelas vi a una señora que pasaba cerca, miré su pecho y ¡no tenía corazón! ¡qué suerte! la había encontrado a la primera, pero cuando se lo ofrecí, la señora se ofendió muchísimo ¿cómo podía pensar que había perdido el corazón en medio de la calle y no darse ni cuenta?
No tuve más remedio que continuar mi camino en busca del verdadero dueño y para mi sorpresa, toda la gente con la que me crucé carecía de corazón, hombres y mujeres, más jóvenes y más mayores, todos tenían el hueco vacío en el pecho y cuando yo les ofrecía el corazón perdido todos lo rechazaban, unos no reconocían haberlo perdido, otros eran conscientes de llevar muchos años sin él y les iba muy bien, así que para qué cambiar, otros no se atrevían a aceptarlo, les parecía peligroso.
Estaba empezando a desesperar, pensando que mi misión era imposible, cuando vi a lo lejos una joven muy pálida, gracias a mis gafas comprobé con alegría que en su pecho tenía un corazón que latía y sentía con fuerza. Aún así, no sé qué impulso me llevó a ofrecerle el que yo había encontrado, y para mi sorpresa, sin vacilar, abrió su pecho y acogió el corazón perdido.
A partir de entonces la joven palideció más todavía, las emociones, los sentimientos la estremecían el doble, la alegría, la tristeza, el dolor, la amistad, la decepción, todo lo sentía con el doble de intensidad. Cada vez se encontraba más débil, intenté convencerla para que se deshiciera por lo menos de uno de los corazones, pero ella se negaba, sonreía con dulzura, con una mirada profunda y limpia, decía que merecía la pena.
Era como una vela encendida por los dos cabos, que se extinguía rápidamente. Cuando murió, lo médicos dijeron que la causa era no sé qué rara enfermedad, pero yo sé la verdad, ella tuvo el valor de acoger en su pecho el corazón perdido.
Lo primero que hice fue comprar unas gafas mágicas de esas que sirven para ver más allá de la primera impresión, para facilitarme la búsqueda. Nada más ponérmelas vi a una señora que pasaba cerca, miré su pecho y ¡no tenía corazón! ¡qué suerte! la había encontrado a la primera, pero cuando se lo ofrecí, la señora se ofendió muchísimo ¿cómo podía pensar que había perdido el corazón en medio de la calle y no darse ni cuenta?
No tuve más remedio que continuar mi camino en busca del verdadero dueño y para mi sorpresa, toda la gente con la que me crucé carecía de corazón, hombres y mujeres, más jóvenes y más mayores, todos tenían el hueco vacío en el pecho y cuando yo les ofrecía el corazón perdido todos lo rechazaban, unos no reconocían haberlo perdido, otros eran conscientes de llevar muchos años sin él y les iba muy bien, así que para qué cambiar, otros no se atrevían a aceptarlo, les parecía peligroso.
Estaba empezando a desesperar, pensando que mi misión era imposible, cuando vi a lo lejos una joven muy pálida, gracias a mis gafas comprobé con alegría que en su pecho tenía un corazón que latía y sentía con fuerza. Aún así, no sé qué impulso me llevó a ofrecerle el que yo había encontrado, y para mi sorpresa, sin vacilar, abrió su pecho y acogió el corazón perdido.
A partir de entonces la joven palideció más todavía, las emociones, los sentimientos la estremecían el doble, la alegría, la tristeza, el dolor, la amistad, la decepción, todo lo sentía con el doble de intensidad. Cada vez se encontraba más débil, intenté convencerla para que se deshiciera por lo menos de uno de los corazones, pero ella se negaba, sonreía con dulzura, con una mirada profunda y limpia, decía que merecía la pena.
Era como una vela encendida por los dos cabos, que se extinguía rápidamente. Cuando murió, lo médicos dijeron que la causa era no sé qué rara enfermedad, pero yo sé la verdad, ella tuvo el valor de acoger en su pecho el corazón perdido.
Para Raquel
1 comentario:
"A veces la vida nos da zarpazos y nos dejan heridos para siempre....
A veces a la muerte nos quita lo que más amamos... y nos descubrimos chupando un palo sentados sobre una calabaza.
Pero en la vida y en la muerte siempre hay una mano amiga que te sostiene en el dolor y con pequeñas cosas te ayuda a ilusionarte por la vida.
Yo pienso que las personas que se han ido, no mueren si nosotros mantenemos vivo su recuerdo.
Raquel no ha muerto porque cada día, las personas que la queremos recordamos su risa, sus ojos y damos gracias por el tiempo que la tuvimos...
Ahora yo quiero darte las gracias por ti y por haberme SOSTENIDO..."
MJ madre de RAKI
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