Había una rana cuyo único objetivo en la vida era ser auténtica y todos los días se esforzaba y luchaba por conseguirlo.
Primero se compró un espejo y se pasaba las horas mirándose en él, buscando su autenticidad. Unas veces le parecía encontrarla y otras no, pero esto dependía del humor con el que se había levantado.
Después pensó que su auténtico valor dependía de lo que la gente pensara de ella, así que comenzó a peinarse, vestirse y actuar para agradar a la gente.
De esta forma descubrió que lo que más llamaba la atención de su cuerpo eran sus patitas, así que comenzó a ejercitarlas y cuidarlas, saltando y haciendo acrobacias que arrancaban los aplausos de la gente.
Tanto se obsesionó, que dispuesta a todo para que la consideraran una auténtica rana, se dejó arrancar las ancas para que se las comieran y tuvo que escuchar con amargura: ¡hummm que rana más buena, parece pollo!
domingo, 18 de mayo de 2008
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